La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Es de lo más primitivo —dijo el conde, dirigiéndose a la duquesa—. ¿Y qué habrÃa sido de Vuestra Excelencia —continuó entre risas— si cuando iba a galope tendido en ese caballo prestado se le hubiera ocurrido a éste dar un mal paso? EstarÃa en Spielberg, mi querido sobrinito, y ni siquiera toda mi influencia servirÃa para rebajar en treinta libras el peso de las cadenas que habrÃan echado a cada una de sus piernas. Hubiera pasado en ese delicioso lugar una decena de años; probablemente sus piernas se inflamarÃan, se gangrenarÃan, habrÃa que amputárselas…
—¡Por favor!, no siga con esa historia tan triste —rogó la duquesa con lágrimas en los ojos—. Ahora ya está aquÃ…