La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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—Y no sabe cómo me alegro de ello, créame —replicó el ministro, ahora muy serio—; ¿pero por qué, si quería entrar en Lombardía, no me pidió este chico descastado un pasaporte con un nombre conveniente? En cuanto me hubiera enterado de su detención, habría ido a Milán y los amigos que tengo allí habrían cerrado los ojos y habrían dado por bueno que sus gendarmes habían detenido a un súbdito del príncipe de Parma. El relato de su correría me ha parecido muy gracioso, muy divertido, de verdad —continuó el conde adoptando un tono menos sombrío—; me gusta ese salto a la carretera desde el bosque; pero, entre nosotros, si el criado le tenía a su merced, usted tenía todo el derecho a quitarle la vida. Vamos a proporcionarle a Vuestra Excelencia un futuro brillante, al menos eso es lo que me ordena la duquesa, y ni mis peores enemigos pueden acusarme de que haya desobedecido uno solo de sus mandatos. ¡Qué disgusto mortal hubiéramos tenido, la duquesa y yo, si ese caballo flaco hubiera dado un mal paso en esa frenética escapada que acaba de hacer! En ese caso, hubiera sido preferible que el caballo le hubiera roto la crisma.

—Esta noche está usted trágico, amigo mío —dijo la duquesa conmovida.



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