La Cartuja de Parma

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—Matar al demonio antes de que éste me mate a mí, como dicen, muy bien, mis amigos los franceses —contestó Fabricio con una mirada ardiente—; conservar por todos los medios, sin excluir el pistoletazo, la posición que usted me haya proporcionado. En la genealogía de los del Dongo he leído la historia de aquel antepasado nuestro que construyó el castillo de Grianta. Al final de su vida, su buen amigo Galeas, duque de Milán, lo envía a visitar una fortaleza a orillas de nuestro lago. Se temía una nueva invasión de los suizos. «Convendría que escribiera yo una nota de cortesía para el alcaide», le dijo el duque de Milán en el momento de la despedida. Escribe entonces una carta de dos líneas y se la da. Luego se la vuelve a pedir para sellarla. «Así es más correcto», dice el príncipe. Vespasiano del Dongo parte, pero cuando está ya en aguas del lago, recordando un antiguo apólogo griego, pues era un erudito, abre la carta de su buen señor y lee en ella la orden, dirigida al alcaide del castillo, de que lo mate en cuanto llegue. El Sforza, demasiado pendiente de la comedia que estaba representando ante nuestro antepasado, había dejado un espacio entre la última línea del billete y la firma; Vespasiano del Dongo escribe allí la orden de que se le reconozca como gobernador general de todos los castillos del lago, y suprime el encabezamiento de la carta. Tras llegar y ser reconocido en la fortaleza, arroja al comandante a un pozo, declara la guerra a Sforza, y al cabo de algunos años cambia la fortaleza por esas fincas inmensas que han hecho la fortuna de todas las ramas de nuestra familia, y que un día a mí me valdrán cuatro mil libras de renta.


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