La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Al bajar la escalera del infame chiribitil, Fabricio iba absolutamente compungido: «No he cambiado nada —se decÃa—; todas las buenas resoluciones que tomé junto a nuestro lago, cuando veÃa la vida de un modo tan filosófico, se han volatilizado. Mi alma estaba entonces fuera de su medio habitual, todo aquello era un sueño y se ha desvanecido en contacto con la dura realidad. Ha llegado el momento de actuar», seguÃa diciéndose al entrar en el palacio Sanseverina a eso de las once de la noche. Pero en vano buscó en su corazón valor para hablar con aquella sublime sinceridad que tan fácil le parecÃa en la noche que pasó a orillas del lago de Como. «Voy a darle un disgusto a la persona que más quiero en el mundo. Si hablo, pareceré un mal comediante. La verdad es que sólo valgo algo en algunos momentos de exaltación».