La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —El conde me parece admirable —le dijo a la duquesa después de haberle contado la visita al arzobispado—, y valoro tanto más su actitud, cuanto que me parece que yo no le gusto mucho. Tengo que actuar de un modo que le parezca verdaderamente correcto. Está entusiasmado con esas excavaciones que está haciendo en Sanguigna; si no fuera asÃ, no se habrÃa ido como se fue anteayer: doce leguas al galope para poder pasar dos horas con sus obreros. Tiene miedo de que le roben los fragmentos de estatuas que puedan aparecer en el templo antiguo cuyos cimientos acaban de descubrir. Voy a decirle que quiero ir a pasar un dÃa y medio en Sanguigna. Mañana, a eso de las cinco, tengo que volver a visitar al arzobispo, podrÃa irme a la caÃda de la tarde y aprovechar la frescura de la noche para viajar.
La duquesa tardó un poco en contestar.
—Es como si buscaras pretextos para alejarte de mà —le dijo después, con una dulzura infinita—; no acabas de llegar de Belgirate, y ya tienes un motivo nuevo para marcharte.