La Cartuja de Parma

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«Buena ocasión para hablar —pensó Fabricio—, pero en el lago estaba un poco loco y, en mi entusiasmo por ser sincero, no me di cuenta de que mis hermosas palabras acaban en una impertinencia. Se trataría de decir “te quiero con la amistad más sincera, etcétera, etcétera, pero mi alma no es capaz de amor”. ¿Y eso no es, acaso, lo mismo que decir “sé que tú me amas, pero ten cuidado, porque yo no puedo pagarte con la misma moneda”? Si está enamorada, puede enfadarse por haber sido descubierta, y si no siente por mí más que simple cariño, le indignará mi desfachatez… y ésas son ofensas que no se perdonan».

Mientras ponderaba estas ideas importantes, Fabricio, sin darse cuenta, se paseaba por el salón con el semblante grave, pero altivo, de quien contempla la desventura a diez pasos de sí.

La duquesa lo miraba con admiración. Ya no era el niño que ella había visto nacer; ya no era el sobrino siempre dispuesto a obedecerla, era un hombre serio de quien podría ser delicioso hacerse amar. Se levantó de la otomana en que se había sentado y, echándole los brazos al cuello, le dijo arrebatadamente:

—¿Quieres huir de mí?

—No —respondió con el ademán de un emperador romano—, pero quería ser prudente.


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