La Cartuja de Parma

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Estas palabras podían interpretarse de distintas maneras. Fabricio no tuvo valor para ir más allá y correr el peligro de herir a aquella mujer adorable. Era demasiado joven, demasiado predispuesto a la emoción. Su inteligencia no le facilitaba en aquel momento ninguna razón, ninguna matización amable que sirviera para hacer entender lo que quería decir. En un arrebato natural, y pese a todo razonamiento, tomó entre sus brazos a aquella encantadora mujer y la cubrió de besos. En el mismo instante se oyó el ruido del coche del conde entrando en el patio y, casi al mismo tiempo, hizo su aparición en el salón; parecía muy conmovido.

—Inspira usted pasiones muy sorprendentes —dijo, dirigiéndose a Fabricio, a quien dejó muy confundido la frase—. El arzobispo ha tenido esta noche la audiencia de todos los jueves con Su Alteza Serenísima. Y me acaba de contar el príncipe que el prelado, visiblemente nervioso, ha empezado con un discurso aprendido de memoria y muy erudito. Al principio Su Alteza no entendía nada. Al final, Landriani le ha dicho que para la iglesia de Parma era muy importante que Monsignore Fabricio del Dongo fuera nombrado su primer vicario general y, luego, cuando cumpla veinticuatro años, su coadjutor con futura sucesión.



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