La Cartuja de Parma

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«Pues si ésta es la vida de café que me parecía tan ridícula para un hombre que valiera algo, me equivoqué cuando la rechacé», se decía Fabricio. No se daba cuenta de que no pisaba el café, salvo para leer Le Constitutionnel, y que, siendo un completo desconocido para la buena sociedad boloñesa, los goces que procura la vanidad no contaban en absoluto para su felicidad presente. Cuando no estaba con la pequeña Marietta, podía vérsele en el Observatorio, donde seguía un curso de astronomía. El profesor le habla tomado un gran afecto y Fabricio le prestaba sus caballos los domingos para que pudiera presumir con su mujer en el Corso de la Montagnola.

Odiaba hacer mal a nadie, por despreciable que fuera. Marietta no quería de ninguna manera que viera a la vieja, pero un día que ella estaba en la iglesia, subió a casa de la mammacia, que se puso roja de ira cuando lo vio entrar. «Un buen momento para mostrarse del Dongo» —se dijo.

—¿Cuánto gana Marietta al mes cuando actúa? —preguntó, dándose los aires de cualquier joven que se precie cuando entra en París en el anfiteatro de la Ópera bufa de París.

—Cincuenta escudos.

—Miente usted, como siempre; diga la verdad o por Dios Santo que no conseguirá ni un céntimo.


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