La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Bueno, en la compañÃa de Parma, cuando tuvimos la desgracia de conocerlo a usted, ganaba veintidós escudos; yo ganaba doce, y cada una le daba un tercio de lo que ganaba a Giletti, nuestro protector. Luego, casi todos los meses, Giletti le hacÃa un regalo a Marietta. El regalo podÃa valer dos escudos.
—Sigue mintiendo; usted no ganaba más que cuatro escudos. Pero si es buena con Marietta, la contrato como si fuera un impresario; le daré todos los meses doce escudos para usted y veintidós para Marietta; pero si le veo los ojos enrojecidos, me declararé en quiebra.
—¡No se haga usted el estirado! Sepa que esa generosidad suya es nuestra ruina —le contestó furiosa la vieja—; perdemos el avviamento (la clientela). Cuando tengamos la enorme desgracia de no contar con la protección de Vuestra Excelencia ya no nos conocerá ninguna compañÃa, estarán todas al completo, no tendremos contratos; nos moriremos de hambre y será por su culpa.
—¡Vete al diablo! —dijo Fabricio yéndose de allÃ.
—¡No me voy al diablo, asqueroso judas, pero sà a la comisarÃa a contarle a la policÃa que usted es un monsignore que ha colgado los hábitos y que se llama Joseph Bossi tanto como yo!
Fabricio, que habÃa empezado a bajar las escaleras, volvió.