La Cartuja de Parma

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—Por de pronto, la policía sabe mejor que tú cuál es mi verdadero nombre, pero si te atreves a denunciarme, si cometes esa infamia —le dijo con tono muy serio—, hablará contigo Ludovico, y no serán seis cuchilladas las que recibirá tu viejo pellejo, sino dos docenas. Pasarás seis meses en el hospital, y sin tabaco.

La vieja se quedó pálida y se arrojó hacia la mano de Fabricio, con la intención de besársela.

—Acepto agradecida el favor que nos hace a Marietta y a mí. Tiene usted cara de tan buena de persona que lo tomaba por tonto. Téngalo usted en cuenta y piense que también otros podrían cometer la misma equivocación. Yo le aconsejo que mantenga esos aires de gran señor; —y añadió con sorprendente descaro—: piense, piense usted en el buen consejo que le doy, y como el invierno está cerca regálenos a la Marietta y a mí dos buenos vestidos de esa preciosa tela inglesa que vende el tendero gordo de la plaza de San Petronio.





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