La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La vanidad herida puede llevar muy lejos a un hombre joven y rico, rodeado de aduladores desde la cuna. La sincera pasión que el conde M*** había sentido por Fausta se reavivó con furia. En ningún momento le arredró la peligrosa perspectiva de enfrentarse con el único hijo del soberano del país en que se hallaba y tampoco tuvo la suficiente perspicacia como para intentar ver a dicho príncipe o, cuando menos, hacerlo seguir. Y, ya que no podía atacarlo de otro modo, decidió maquinar cómo ponerlo en ridículo. «Me desterrarán para siempre de los estados de Parma —se dijo—, ¿pero qué puede importarme?». Si el conde M*** hubiera intentado hacer algún reconocimiento en las posiciones del enemigo, se habría enterado de que el pobre príncipe no salía nunca sin un séquito de tres o cuatro viejos, enojosos guardianes de la etiqueta, y que el único gusto personal que le estaba permitido en la vida era el de la mineralogía. El palacete en que vivía Fausta, siempre lleno de visitas de la buena sociedad parmesana, estaba rodeado de espías tanto de noche como de día. M*** sabía, hora por hora, qué hacía Fausta y, sobre todo, lo que se hacía alrededor de ella. Cabe alabar, en orden a las precauciones tomadas por el celoso, que aquella mujer tan caprichosa no se diera cuenta al principio del aumento de la vigilancia. En los informes de todos sus agentes se daba cuenta de un hombre muy joven que, llevando una peluca pelirroja y cada vez un disfraz nuevo, hacía muy frecuentemente acto de presencia bajo las ventanas de Fausta. «Seguro que es el joven príncipe —se dijo M***—; si no fuera él ¿por qué el disfraz? Y ¡demontre!, yo no tengo por qué ceder ante él. De no haber sido por las usurpaciones de la república de Venecia, también yo sería un príncipe soberano.»