La Cartuja de Parma

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Pocos días después, como si estuviera de acuerdo con el conde, el fiscal Rassi se permitió una imprudencia, muy extraña en un hombre como él. El desprecio general ligado a su nombre, convertido en forma proverbial para la gente más vulgar, lo ponía enfermo, sobre todo desde que abrigaba fundadas esperanzas de librarse de aquel nombre. Envió al general Fabio Conti una copia oficial de la sentencia que condenaba a Fabricio a doce años de ciudadela. Según la ley, aquello era lo que se tenía que haber hecho al día siguiente del ingreso de Fabricio en prisión, pero en Parma, aquel país de medidas secretas, era inaudito que la justicia se permitiera dar tal paso sin una orden explícita del soberano; porque ¿qué posibilidades quedaban de renovar cada quince días la desesperación de la duquesa y domar aquel carácter altanero —como decía el príncipe—, si salía de la cancillería de justicia una copia oficial de la sentencia? Un día antes de que el general Fabio Conti recibiera el pliego oficial del fiscal Rassi, tuvo noticia de que al funcionario Barbone le habían dado una soberana paliza una noche que regresaba un poco tarde a la ciudadela. Coligió de ello que en cierto lugar no había demasiado interés en deshacerse de Fabricio, y, en un rasgo de prudencia que libró a Rassi de las secuelas inmediatas a su insensatez, cuando se reunió con el príncipe en la primera audiencia que tuvo a bien concederle, no le dijo nada de la copia oficial de la sentencia del preso que le había sido remitida. Felizmente, para tranquilidad de la pobre duquesa, el conde había descubierto que la torpe intentona de Barbone no respondía más que a un deseo de venganza personal, y ya había ordenado que se le diera a dicho funcionario el aviso del que ya hemos hablado.


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