La Cartuja de Parma

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Hubo otras serenatas; el meticuloso gobernador las consintió únicamente porque afianzaban el compromiso del marqués Crescenzi con su hija Clelia, de cuyo carácter se fiaba muy poco. Tenía la impresión de que entre ella y él no había ningún punto de contacto, y seguía temiendo seriamente alguna ofuscación de su hija. Ella podía muy bien huir a un convento, lo que lo dejaría a él inerme. Pero, por otra parte, el general temía que aquellas músicas, que podían oírse hasta en los calabozos más recónditos, los reservados a los más negros liberales, fueran portadoras de mensajes. También recelaba de los músicos mismos, de forma que, en cuanto terminaba la serenata, se los encerraba con llave en las grandes salas de la planta baja del palacio del gobernador, que durante el día eran las oficinas del estado mayor, y sólo se les abría a la mañana siguiente después de que hubiera salido el sol. El gobernador en persona, instalado en el puente del esclavo, se ocupaba de que fueran registrados en su presencia antes de que se les dejara en libertad, no sin repetirles varias veces que si alguno de ellos tenía la osadía de llevar el menor recado a cualquiera de los presos, sería inmediatamente detenido. Y era bien sabido que, dado su temor a disgustar a sus superiores, era un hombre que cumplía lo que decía; de modo que el marqués Crescenzi tenía que pagarles el triple a sus músicos, muy molestos con tener que pasar la noche en prisión.


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