La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma Lo único que, con mucho trabajo, consiguió la duquesa de uno de aquellos músicos especialmente miedoso fue que le entregara una carta suya al gobernador. En la carta, dirigida a Fabricio, lamentaba el infortunio de que tras cinco meses de prisión, sus amigos no hubieran podido establecer con él la menor correspondencia.
Nada más entrar en la ciudadela el músico comprado se arrojó a los pies del general Fabio Conti y le confesó que un cura que él no había visto nunca antes le había insistido tanto para que le llevara una carta dirigida al señor del Dongo, que no había podido negarse; pero que, fiel a su deber, la ponía inmediatamente en manos de Su Excelencia.
Su Excelencia se puso muy contento. Conocía los recursos de que disponía la duquesa y tenía mucho miedo de que lo engañara. Se fue radiante a entregar la carta al príncipe, que también se puso muy contento.
—Esto significa que la firmeza de mi administración ha logrado vengarme. ¡Desde hace cinco meses esa mujer altanera está sufriendo! Uno de estos días vamos a disponer que se arme un cadalso, y su loca imaginación creerá que es para el pequeño del Dongo.