La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma La duquesa mandó transmitir señales que le anunciaran a Fabricio que muy pronto iba a ser liberado GRACIAS A LA BONDAD DEL PRÍNCIPE (esta última frase con señales que podían ser comprendidas); luego volvió a decirle ternuras; ¡no podía separarse de allí! Sólo las observaciones de Ludovico, quien tras haber sido útil a Fabricio se había convertido en su mano derecha, consiguieron decidirla, cuando ya iba a amanecer, a dejar de enviar señales que podían atraer las miradas de cualquier enemigo malo. Aquél anunció de una próxima liberación, repetido varias veces, sumió a Fabricio en una profunda tristeza. Cuando, al día siguiente, Clelia se dio cuenta, cometió la imprudencia de preguntarle la causa.
—Estoy a punto de darle un serio motivo de disgusto a la duquesa.
—¿Y qué puede pedirle ella que vaya usted a negarle? —preguntó Clelia movida por una vivísima curiosidad.
—Quiere que me vaya de aquí —le contestó él—, y eso no lo haré nunca.