La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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Conviene, amigo mío, que sepa la verdad. Son ya muchas las veces que, desde que está usted aquí, se ha pensado en Parma que habla llegado su último día. Es cierto que está condenado sólo a doce años de fortaleza, pero desgraciadamente ya no es posible dudar de que alguien muy poderoso lo odia a usted y no ceja en su persecución. En más de veinte ocasiones he temido que lo fueran a envenenar; haga usted uso, pues, de todos los medios posibles para salir de aquí. Habrá visto que, por usted, yo falto a mis deberes más sagrados; juzgue, pues, por las cosas que me atrevo a decirle y que resultan tan poco convenientes en alguien como yo, la inminencia del peligro que corre. Si es absolutamente necesario, si no hay ningún otro medio de salvación, huya. Cada instante que pasa en esta fortaleza puede ser ocasión del más grave riesgo para su vida. Tenga en cuenta que en la corte hay un partido que no desdeñaría ni la eventualidad del crimen para conseguir sus propósitos. ¿Se le oculta a usted que todos los proyectos de ese partido son sistemáticamente malogrados por la habilidad superior del conde Mosca? Pues bien, han encontrado un medio certero para desterrar al conde de Parma y ese medio es la desesperación de la duquesa. ¿Y será menos evidente que tal desesperación se pueda conseguir mediante la muerte de cierto joven prisionero? Baste esta última pregunta, que dejo sin respuesta, para que juzgue usted mismo cuál es su situación Dice que siente amor por mí; considere, en primer lugar, los obstáculos insuperables que se oponen a que ese sentimiento adquiera alguna consistencia. Ciertamente nos hemos encontrado en la juventud, ciertamente nos hemos tendido una mano en un momento de desgracia; ciertamente el destino me ha colocado en este severo lugar para endulzar sus penas, pero no es menos cierto que yo me haría eternamente los más duros reproches si ciertas ilusiones, que no tienen ninguna base ni la tendrán jamás, lo indujeran a usted a no aprovechar todas las ocasiones posibles para evitar el peligro mortal que corre. He perdido la paz de mi espíritu por haber cometido la cruel imprudencia de intercambiar con usted alguna señal de amistad sincera. Si nuestros juegos pueriles con esos alfabetos le han llevado a fraguarse unas ilusiones tan poco fundadas y que pueden ser tan funestas para usted, en vano trataría de justificarme remitiéndome a la intentona de Barbone: yo lo habría puesto en un peligro muchísimo peor, muchísimo más cierto, cuando pensaba evitarle uno momentáneo. Y estas imprudencias mías no tienen posibilidad de perdón si han hecho nacer en usted unos sentimientos que puedan llevarlo a desoír los consejos de la duquesa. Considere lo que me obliga a repetirle: huya, se lo ordeno…


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