La Cartuja de Parma

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Quizá resultara divertido contar la furia de Rassi cuando el conde, en presencia del príncipe, le obligó a confirmar con su rúbrica la orden firmada por éste aquella misma mañana, pero es más acuciante el relato de otros acontecimientos.

El conde discutió el mérito de cada uno de los jueces, y ofreció cambiar algunos nombres. Pero quizá el lector esté ya un poco cansado de todos estos detalles del procedimiento y, no menos, de todas estas intrigas de corte. De todo ello cabe abstraer esta sentencia de orden moral: quien se acerca a la corte, si era dichoso, compromete su dicha y, en cualquier caso, pone su futuro a merced de las intrigas de alguna criada.

Claro que, en América, en la república, tienes que pasarte el día adulando concienzudamente a mediocres tenderos, para convertirte en un tonto como ellos, y allí no hay ópera.

Cuando se levantó por la tarde, la duquesa tuvo un momento de gran inquietud; no se encontraba a Fabricio por ninguna parte. Finalmente, a eso de las doce de la noche, mientras tenía lugar el espectáculo de la corte, recibió una carta suya. En vez de entregarse como prisionero en la cárcel de la ciudad, bajo la jurisdicción del conde, había ido a recuperar su antigua celda de la ciudadela, muy contento de ir a vivir a unos pasos de Clelia.


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