La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma »¿Se da usted cuenta, señora, de que si no es juzgado solemnemente, el nombre de Giletti le supondrá una preocupación de por vida? Sería una cobardía no aceptar un juicio cuando se tiene la seguridad de ser inocente. Por otra parte, si fuera culpable, yo conseguiría la absolución. Cuando le hablé del asunto a Fabricio —ya sabe usted lo ardiente que es— no me dejó terminar, cogió el anuario oficial y, entre los dos, elegimos a los doce jueces más íntegros y más sabios del país. Con la lista hecha, quitamos seis de esos nombres y los intentamos sustituir por seis jurisconsultos que fueran enemigos personales míos; no dimos más que con dos, así que para los otros cuatro elegimos a unos sinvergüenzas amigos de Rassi».
La propuesta del conde produjo a la duquesa una inquietud mortal, y no le faltaba razón. Finalmente admitió su oportunidad y, al dictado del conde, escribió la orden que nombraba a los jueces.
El conde dejó a la duquesa a las seis de la mañana; trató ella de dormir, pero fue en vano. A las nueve desayunó con Fabricio, a quien encontró ardiendo en deseos de ser juzgado. A las diez intentó ser recibida por la princesa, que no estaba visible; a las once vio al príncipe, que se levantaba entonces, y que firmó la orden sin poner la menor objeción. La duquesa envió aquella orden al conde y se fue a la cama.