La Cartuja de Parma

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Era éste un acontecimiento que podía acarrear consecuencias muy graves: en aquel lugar estaba, más que nunca, expuesto al veneno. Esta locura arrojó a la duquesa a la desesperación; perdonaba la causa, el loco amor por Clelia, porque definitivamente, a los pocos días, ésta iba a casarse con el rico marques Crescenzi. Aquella locura devolvió a Fabricio toda la influencia que habla tenido en el alma de la duquesa.

«¡Ha sido el maldito papel que yo misma he llevado a firmar el que lo llevará a la muerte! ¡Están locos estos hombres con sus ideas de honor! ¡Como si se pudiera pensar en el honor en los gobiernos absolutos; en países donde un Rassi es ministro de justicia! Lo que teníamos que haber hecho era aceptar el perdón que el príncipe hubiera firmado con la misma facilidad que la constitución de ese tribunal extraordinario. ¡Qué importa, después de todo, que un hombre de la condición de Fabricio esté más o menos acusado de haber matado con sus propias manos, espada en mano, a un histrión como Giletti!»

Nada más recibir la nota de Fabricio, la duquesa corrió a casa del conde, al que encontró lívido.



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