La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —¡Dios mÃo! Amiga mÃa, no hago más que equivocarme con este chico, va usted a enfadarse otra vez conmigo. Puedo probarle que ayer llamé al carcelero de la prisión de la ciudad; su sobrino hubiera ido todos los dÃas a tomar el té con usted. Lo más espantoso del caso es que ni usted ni yo podemos decirle al prÃncipe que tememos el veneno, el veneno de Rassi; tal sospecha le parecerÃa el colmo de la inmoralidad. De todas formas, si usted me lo exige, yo estoy dispuesto a ir a palacio, aunque estoy seguro de la respuesta. Y, más aún, le propongo algo que no harÃa ni por mà mismo. Desde que tengo el poder en este paÃs, no he mandado matar a nadie, usted sabe bien que soy tan mojigato a ese respecto que algunas veces, a últimas horas del dÃa, vuelvo a pensar en los dos espÃas que con cierta ligereza mandé fusilar en España. Pues bien, ¿quiere usted que la libere de Rassi? Con él, Fabricio corre un peligro inmenso; con ello Rassi tiene un medio seguro para hacer que me vaya.
Aquella proposición complació sumamente a la duquesa; pero no la aceptó.
—No quiero —le dijo al conde— que, en nuestro retiro, bajo el hermoso cielo de Nápoles, tenga usted pensamientos negros al anochecer.