La Cartuja de Parma

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¿Cree usted —parecía estar diciéndole a Fabricio— que encontraré la felicidad en ese suntuoso palacio que preparan para mí? Mi padre repite hasta la saciedad que usted es tan pobre como nosotros; y, ¡Dios mío!, ¡qué feliz me haría compartir esa pobreza! Pero ¡ay! No debemos volver a vemos nunca más.

Clelia no tuvo fuerzas para utilizar los alfabetos. Al ver a Fabricio se sintió mal y cayó en una silla que estaba junto a la ventana. Su cara reposaba en el alféizar y, como había querido verlo hasta el momento de caer, tenía el rostro vuelto hacia Fabricio, que podía perfectamente contemplarlo. Cuando a los pocos instantes abrió ella los ojos, su primera mirada fue para Fabricio, y lo vio arrasado en lágrimas, pero eran lágrimas de felicidad extrema, las de la constatación de que su ausencia no había hecho que lo olvidara. Los dos pobres jóvenes quedaron algún tiempo como hechizados por la mutua visión. Fabricio se puso a cantar, como si estuviera acompañándose con una guitarra, algunas frases improvisadas que decían:





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