La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —Si he vuelto a la cárcel ha sido para verla: van a juzgarme. Estas palabras despertaron, al parecer, toda la virtud de Clelia. Se levantó rápidamente, se tapó los ojos y, mediante gestos vivísimos, trató de decirle que no debía volver a verlo. Se lo había prometido a la Madona y, si lo había mirado hacía un momento, había sido por descuido. Cuando Fabricio se atrevió a volver a expresarle su amor, Clelia se fue indignada, jurándose a sí misma que no volvería a verlo jamás, pues tales eran los términos de su promesa a la Madona: Mis ojos no lo volverán a ver jamás. Había escrito estas palabras en un papelito que su tío César le había dejado quemar en el altar en el momento del ofertorio, cuando decía la misa.
Pero, pese a todas sus juras y promesas, la presencia de Fabricio en la torre Farnesio renovó en Clelia todas las viejas formas de actuar. Por lo común pasaba los días sola en su habitación. Apenas repuesta de la imprevista conmoción que le supuso ver a Fabricio, se puso a recorrer el palacio y, por decirlo así, a renovar las relaciones con todos sus amigos subalternos. Una vieja muy charlatana que trabajaba en la cocina le dijo con aire misterioso:
—Esta vez el señor Fabricio no saldrá de la ciudadela.