La Cartuja de Parma
La Cartuja de Parma —No cometerá el delito de saltar los muros —contestó Clelia—, pero saldrá por la puerta si es absuelto.
—Le digo a Vuestra Excelencia, porque puedo decÃrselo, que sólo saldrá de la ciudadela con los pies por delante.
Clelia se puso lÃvida, lo que, observado por la vieja, puso un brusco fin a su locuacidad. Se dijo que habÃa cometido una imprudencia hablando en aquellos términos delante de la hija del gobernador, que, en cumplimiento de su deber, tendrÃa que decir a todo el mundo que Fabricio habÃa muerto de enfermedad. Al subir a su habitación, Clelia se encontró con el médico de la prisión, un buen hombre tÃmido que, con un semblante extremadamente alarmado, le dijo que Fabricio estaba muy enfermo. Al oÃr aquello apenas pudo sostenerse; buscó por todas partes a su tÃo, el bueno de don César, el capellán, y lo encontró en la capilla, rezando fervorosamente. También tenÃa el rostro demudado. Sonó la llamada a la cena. En la mesa, los dos hermanos mantuvieron silencio. Hacia el final de la comida, el general le dirigió unas palabras muy agrias a su hermano. Éste miró hacia los criados, que salieron de la habitación.
—General —le dijo don César al gobernador—, debo anunciarle que voy a dejar la ciudadela, le presento mi dimisión.