La Cartuja de Parma

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Aquel tuteo encantó a Fabricio. En su consternación, Clelia olvidaba por primera vez el recato femenino, y dejaba ver su amor.

Fabricio no había empezado todavía aquella comida fatal: la cogió en sus brazos y la cubrió de besos. «Esta comida está envenenada —pensó—; si le digo que no la he tocado, la religión recuperará su jurisdicción y Clelia huirá. Si, en cambio, me ve como un moribundo, conseguiré que no me deje. A Clelia le gustaría encontrar un medio para romper su execrable boda, el azar nos lo presenta: se juntarán los carceleros, echarán la puerta abajo y habrá tal escándalo que quizá el marqués Crescenzi se asuste y rompa el compromiso».

En aquel instante de silencio que Fabricio dedicó a estas reflexiones, notó que ya Clelia trataba de librarse de su abrazo.

—Aún no siento los dolores —le dijo—, aunque muy pronto me arrojarán a tus pies: ayúdame a morir.

—¡Ay! ¡Mi único amigo! ¡Moriré contigo! —exclamó ella, estrechándolo entre sus brazos convulsivamente.

Estaba tan guapa, medio desnuda, en aquel estado de apasionamiento extremo, que Fabricio no pudo resistirse a un impulso casi involuntario. No encontró ninguna resistencia.


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