La Cartuja de Parma

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En el entusiasmo de pasión y de generosidad que sigue a una felicidad suma, Fabricio cometió la torpeza de decirle:

—No es bueno que una indigna mentira empañe los primeros instantes de nuestra felicidad. Si no llega a ser por tu valentía, no sería más que un cadáver, o me estaría debatiendo en medio de atroces dolores; pero, en realidad, iba a empezar a cenar cuando has entrado, no he tocado los platos.

Fabricio se entretuvo en las imágenes espantosas para conjurar la indignación que leía ya en los ojos de Clelia. Ella se quedó mirándolo durante unos instantes, debatiéndose entre dos sentimientos tan intensos como opuestos; luego se arrojó a sus brazos. Se oyó un estruendo en el corredor, abrían y cerraban violentamente las tres puertas de hierro, hablaban a gritos.

—¡Ay! ¡Si al menos tuviese armas! —exclamó Fabricio—; me obligaron a entregarlas para dejarme entrar. ¡Vienen a matarme, no hay duda! ¡Adiós, Clelia mía! Bendigo mi muerte porque ha sido ocasión de mi felicidad.

Clelia lo abrazó y le dio un puñalito con mango de marfil y una hoja que no era más larga que la de un cortaplumas.


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