La Cartuja de Parma

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—No te dejes matar —le dijo—; defiéndete hasta el último momento; si mi tío el capellán oye el ruido, te salvará; es valiente y bueno; voy a buscarlo —y, dicho esto, se precipitó hacia la puerta. Tenía ya la manija del cerrojo en la mano, cuando volvió la cabeza hacia él y prosiguió exaltada—: Si no te matan, déjate morir de hambre antes de probar nada. No dejes de llevar este pan encima.

El ruido se acercaba, Fabricio la cogió por la cintura y la apartó de la puerta; la abrió con furia y se lanzó por la escalerilla de los seis peldaños. Llevaba en la mano el puñalito del mango de marfil, y a punto estuvo de atravesar con él el chaleco del general Fontana, el ayudante de campo del príncipe, que se echó hacia atrás rápidamente y gritó espantado:

—¡Pero si vengo a salvarle, señor del Dongo!

Fabricio volvió a subir los seis peldaños y dijo hacia el interior de la celda:

—¡Viene Fontana a salvarme!

Luego, volviendo a donde estaba el general en la escalerilla de madera, habló con él muy tranquilamente. Le rogó muy cumplidamente que le perdonara aquel arrebato de cólera.


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