La Cartuja de Parma

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—No ha cenado todavía.

—Ya lo sé —dijo Clelia con arrogancia—. El hombre no se atrevió a detenerla. Veinte pasos más allá, sentado en el primero de los seis escalones de madera que llevaban a la celda de Fabricio, estaba otro centinela, muy viejo y colorado, que le preguntó con firmeza:

—¿Tiene usted una orden del gobernador, señorita?

—¿Es que no sabe quién soy?

En aquel momento, Clelia se sentía animada por una fuerza sobrenatural, estaba fuera de sí. «Voy a salvar a mi marido» —se decía.

Perseguida por los gritos del viejo centinela: «Mi deber no me permite…», Clelia subió raudamente los seis escalones. Se precipitó hacia la puerta. Había una llave enorme en la cerradura y necesitó de todas sus fuerzas para hacerla girar. En aquel momento, el viejo centinela, medio borracho, agarró los bajos de su falda; ella entró velozmente en la celda y cerró la puerta desgarrándose la falda. El centinela empujaba para entrar tras ella, pero Clelia pudo correr un candado que tenía justo al alcance de la mano. Miró al interior de la celda y vio a Fabricio sentado ante una mesita sumamente pequeña donde tenía la cena puesta. Se precipitó hacia la mesa, la volcó y, cogiéndole el brazo, le dijo:

—¿Has comido?


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