La Cartuja de Parma

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«Fabricio está muerto —pensó Clelia—, o lo han envenenado con la cena, o lo envenenan mañana». Corrió a la pajarera, con la idea de cantar acompañándose con el piano. «Ya me confesaré —pensó—; si rompo mi promesa me será perdonado, porque es para salvar la vida de un hombre». Su consternación fue tremenda cuando, al llegar a la pajarera, vio que acababan de sustituir las pantallas por unas tablas atadas a los barrotes. Desesperada, trató de avisar al prisionero gritando, más que cantando, unas cuantas frases. No hubo respuesta de ningún tipo. En la torre Farnesio reinaba un silencio de muerte. Todo ha terminado —pensó—. Bajó fuera de sí y volvió a subir a coger algún dinero que tenía y unos pendientes con diamantes; también cogió, al pasar, el pan que había sobrado de la cena y que habían dejado en un aparador. Si aún vive, mi deber es salvarlo. Entró con ademán altivo por el portillo de la torre; aquella puerta estaba abierta; acababan de situar ocho soldados en la sala de columnas de la planta baja. Miró desafiante a los soldados; había pensado dirigirse al sargento que tendría que estar al frente de aquel destacamento, pero se había marchado. Se lanzó por la escalera de hierro que subía abrazando en una espira una de las columnas. Los soldados la miraron asombrados, pero, al parecer, más por el chal de puntilla y el sombrero que llevaba que por otra cosa. No le dijeron nada. En el primer piso no había nadie. Al llegar al segundo, a la entrada del corredor que, como recordará el lector, estaba cerrado por tres puertas de barrotes de hierro y llevaba a la celda de Fabricio, se encontró con un centinela a quien no conocía y que le dijo con un tono medroso:


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