La Cartuja de Parma

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—Me haría muy feliz —le dijo a la duquesa— que aceptara usted reinar en mis estados como reina en mi corazón. Para empezar, le contaré qué he hecho a lo largo de la jornada —y le contó su día minuciosamente: cómo había quemado el título de conde de Rassi, el nombramiento de Lange, su informe sobre el envenenamiento, etcétera, etcétera—. Creo que tengo muy poca experiencia para reinar. El conde me ofende con sus bromas; bromea hasta en el consejo, y en sociedad afirma cosas cuya veracidad usted misma puede negar; dice que soy un crío y que me lleva por donde quiere. No por ser príncipe, señora, soy menos hombre, y esas cosas molestan. Para desmentir esos comentarios del Sr. Mosca, me han hecho nombrar ministro a ese peligroso indeseable de Rassi y, mire por dónde, el general Conti lo cree tan poderoso que no se atreve a confesar que ha sido él o la Raversi quienes le han ordenado dar muerte a su sobrino; me dan ganas de llevar, sin más, a los tribunales al general Fabio Conti, ya dirán los jueces si es culpable de una tentativa de envenenamiento.

—¿Pero, príncipe, tiene usted jueces?

—¿Cómo? —preguntó el príncipe asombrado.

—Tiene usted sabios jurisconsultos que pasean gravemente por las calles; aparte de eso, siempre juzgarán como guste el partido dominante de su corte.


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