La Cartuja de Parma

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Mientras el joven príncipe, escandalizado, profería frases que, más que sagacidad alguna, dejaban ver todo su candor, la duquesa se decía a sí misma: «¿Me conviene a mí que se deshonre a Conti? No, ciertamente, pues en tal caso, la boda de su hija con ese buen tontorrón del marqués Crescenzi sería imposible».

El príncipe y la duquesa mantuvieron una interminable charla sobre este asunto. El príncipe se quedó deslumbrado de admiración. Con objeto de no entorpecer la boda de Clelia Conti con el marqués Crescenzi, y con tal condición expresa, por él mismo planteada no sin cólera al exgobernador, le perdonó su intento de envenenamiento; aunque, por consejo de la duquesa, lo desterró hasta el momento de la boda. La duquesa pensaba que ya no estaba enamorada de Fabricio, pero seguía deseando apasionadamente aquel matrimonio de Clelia Conti con el marqués; albergaba la vaga esperanza de que con ello desapareciera poco a poco la inquietud de Fabricio.

El príncipe, radiante de alegría, quería destituir aquella misma noche, y con la mayor publicidad, al ministro Rassi. La duquesa le dijo riéndose:

—¿Recuerda aquella frase de Napoleón que dice «Quien ocupa un puesto elevado y es blanco de todas las miradas no puede permitirse gestos bruscos»? Hoy es ya muy tarde, dejemos el asunto para mañana.


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