La Cartuja de Parma

La Cartuja de Parma

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En realidad la reputación de Gonzo en Parma se debía a un magnífico sombrero de tres picos, adornado con una pluma negra, un poco sobada ya, que se ponía incluso con el frac. Era de ver cómo llevaba aquella pluma, ya fuera en la cabeza, ya fuera en la mano; aquello era verdadero talento, auténtica importancia. Preguntaba con ansiedad sobre el estado de salud del gozquecillo de la marquesa; y si el fuego hubiera hecho presa del palacio Crescenzi, habría expuesto la vida para salvar alguno de los preciosos sillones de brocado de oro, en los que desde hacía tantos años se enganchaba el calzón de seda negra cuando casualmente se atrevía a sentarse un instante en alguno de ellos.

Todas las tardes, a eso de las siete, llegaban al salón de la marquesa Crescenzi siete u ocho personajes de la misma laya. Nada más sentarse, un lacayo, magníficamente vestido con una librea gualda, enteramente cubierta de galones de plata al igual que la chaqueta roja que completaba la magnificencia de su indumentaria, iba a recoger los sombreros y los bastones de aquellos pobres diablos. Inmediatamente llegaba un camarero con unas tacitas de café minúsculas en unos pies de filigrana de plata; cada media hora, un mayordomo, con espadín y magnífico atuendo a la francesa, servía helados.


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