Lamiel
Lamiel —¿Por qué no me ha dicho eso en dos palabras, por qué ese preámbulo de un cuarto de hora? Desde que empezó a hablar, estoy deseando saber adonde querÃa ir a parar.
—Lo que quiero —replicó Sansfin sonriendo— es que te prestes a un horrible asesinato; cada ocho dÃas te traeré en el bolsillo de mà cazadora de Staub (el sastre de moda) un pájaro vivo, le cortaré la cabeza, echarás la sangre en una pequeña esponja y te la meterás en la boca. ¿Tendrás valor para esto? Lo dudo.
—¿Y qué más? —apremió Lamiel.
—Después —prosiguió el doctor—, cuando estés con la duquesa, escupirás de vez en cuando un poco de sangre, Estando tan enferma del pecho, no se opondrán a nada de lo que yo quiera hacer para entretenerte. Ya te lo he dicho: tu enfermedad produce el marasmo, y esto es muy peligroso para las muchachas de tu edad; pero en el fondo tu enfermedad no era más que aburrimiento.
—¿Y no teme aburrirse usted mismo, doctor, enseñándome eso que llama criterio?
—No, pues lo que te pido es trabajo, y cuando el trabajo sale bien, divierte y evita el aburrimiento. Figúrate que, de todas las cosas que cree una linda muchacha de la NormandÃa baja, no hay una que, más o menos, no sea una estupidez o una falsedad. ¿Qué hace la yedra que ves allá lejos, en la avenida, sobre las encinas más grandes?