Lamiel

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—La yedra abraza estrechamente un lado del tronco y luego sigue por las ramas principales.

—Pues bien —prosiguió el doctor—, la inteligencia natural que la casualidad te ha dado es la robusta encina; pero mientras ibas creciendo, los Hautemare te decían cada día doce o quince estupideces que ellos mismos creían, y esas estupideces se agarraban a tus mejores pensamientos como la yedra se agarra a las encinas del parque, Yo vengo a cortar la yedra y limpiar el árbol. Cuando salga de aquí, me verás desde tu ventana bajar del caballo y cortar la yedra de veinte árboles de la derecha. Ésta es mi primera lección; se llamará la regla de la yedra. Escribe estas palabras en la primera página de tu devocionario y cada vez que te sorprendas creyendo algo de lo que está escrito en ese libro, di la palabra yedra. Llegarás a saber que no hay ni una sola de las ideas que tienes actualmente que no contenga una mentira.

—¡De modo —exclamó Lamiel riendo— que cuando yo digo que hay tres leguas y medía de aquí a Avranches digo una mentira! ¡Ay, pobre doctor, qué monsergas me dice! Menos mal que es entretenido.

Dar este tono a las conversaciones que sostenía con su linda enferma fue la obra maestra del doctor; había pensado que el tono serio que la joven debía conservar con la duquesa le haría siempre mucho más agradables los momentos que pasaba con él.


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