Lamiel
Lamiel «Bueno —se decÃa—, si algún dÃa alguno de esos odiosos mozos que yo detesto, a los que la naturaleza ha dado un cuerpo sin defecto, le habla de amor a mi pequeña alhaja, este tono asustará al amante memo, y me será siempre muy fácil ponerle en ridÃculo».
Aunque, al principio, la sangre del pobre pajarillo que el doctor llevó a su enferma causó a ésta mucha repugnancia, Sansfin consiguió que se metiera en la boca la esponjita empapada de sangre, y además, el doctor, con el tono de voz que adoptó, logró algo mucho más importante: infundir a Lamiel no ya la convicción, sino, mejor aún, la sensación de que cometÃa un gran crimen; le hizo repetir unos horribles juramentos en los que se comprometÃa a no revelar jamás el consejo que él le habÃa dado de tomar la sangre de un pájaro. La muerte dada en su presencia a aquel pequeño ser tan bonito impresionó profundamente a la muchacha, que se tapó los ojos con el pañuelo para no ver la ejecución del crimen; el doctor gozaba profundamente con las vivas emociones que hacÃa sentir a aquella criatura tan bonita.
«Será mÃa», decÃase.