Lamiel

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Se sentía dichoso por haberla llevado a ser cómplice suya. No lo habría sido más si la hubiese inducido a los mayores crímenes, El camino estaba ya trazado en aquella alma tan joven, y esto era lo esencial. Otra ventaja, no menos importante, que había conseguido aplicando el terror: la muchacha iba a adquirir el hábito de la discreción.

Este hábito lo facilitó mucho el éxito rotundo que tuvo la muerte del pájaro. Cuando la duquesa se convenció de que su pequeña favorita escupía sangre algunas veces, los más insensatos caprichos de Lamiel fueron leyes sagradas para ella; nadie podía oponerse a los caprichos de Lamiel. Para completar su dominio, el doctor, que tenía un miedo atroz del genio de Du Saillard, no vaciló en ser cruel con la duquesa.

—Esta niña —le repetía a menudo— tiene inflamado el pecho para mucho tiempo, y acaso completamente dañado, por el exceso de lectura a que la obligaba el empleo que Lamiel tenía el honor de desempeñar cerca de la señora duquesa.

No omitió nada para suscitar en su amiga vivos remordimientos. Estos remordimientos, contra los que la duquesa encontraba cada día alguna nueva objeción, fueron una causa más de intimidad entre el médico de pueblo y la gran dama. Y la intimidad llegó a tal punto que el doctor se dijo:


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