Lamiel

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«Puesto que no quiero hacerla mía, puedo hablarle de amor».

Claro que al principio se trató sólo de amor platónico; era un ardid que Sansfin empleaba siempre para desviar la atención de la mujer a quien queda seducir y hacerle olvidar el horrible defecto de su físico.

Esta desgracia había acostumbrado al doctor, desde la primera infancia, a prestar una gran atención a los menores detalles. Desde los ocho años, su increíble vanidad se ofendía de un asomo de sonrisa que viera al pasar.

Con el pretexto de ser muy friolero, el doctor había adoptado la costumbre de llevar unos magníficos abrigos y pieles de todas clases. Se figuraba que así disimulaba el defecto de su cuerpo, cuando la verdad era que aquella cantidad de telas y pieles sobre unos hombros ya demasiado prominentes no hacía sino poner más de relieve su defecto. Pero en cuanto, en los primeros atardeceres frescos de septiembre, divisaba con gratitud, al final de la plaza, al primer hombre de la buena sociedad de Carville con abrigo, se iba corriendo a casa y decía en todas las visitas de la noche:

—Siguiendo el ejemplo de monsieur Fulano, me he puesto abrigo; los primeros fríos son muy peligrosos; hacen pasar al pecho los humores que se expulsan con el sudor, aunque éste fuera insensible, y muchas tisis no tienen otra causa.


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