Lamiel

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Había conseguido poner en movimiento a la duquesa induciendo a Lamiel —cosa que, por lo demás, no resulta difícil— a no volver al castillo. La duquesa compró una huerta contigua a la casucha de los Hautemare, y en esta huerta hizo construir una torre cuadrada que se componía de una sala magnífica y un gabinete en cada piso. Lo que indujo a la duquesa a permitirse estas costosas fantasías fue el deseo de mostrar a los habitantes de Carville, demasiado infectados de jacobinismo, una verdadera torre medieval que no dejaría de recordarles lo que antaño fueron con respecto a ellos los señores de Miossens. Esta torre era una copia exacta de otra medio derruida que había en el parque del castillo. El doctor logró vencer ciertas objeciones que la avaricia de la duquesa no dejaba oponer, diciéndole que, para la nueva torre, podían utilizarse unos sillares de la torre antigua. Ya levantada la torre, el médico observó que los albañiles no habían alineado perfectamente las piedras labradas; entonces trajeron de París a unos canteros que, tallando las piedras a una profundidad de seis pulgadas en algunos sitios, rodearon la torre de ornamentos en ojiva copiados de la arquitectura sarracena de la que tan bellos restos hay en España. En esta época de la vida de la nueva torre produjo un efecto inmenso en todos los castillos de las cercanías.



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