Lamiel

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—Esto es a la vez útil y agradable —exclamó el marqués de Ternozière—; en caso de insurrección de los jacobinos, se puede refugiar uno en una torre como ésta y resistir muy bien ocho o diez días, mientras se llega a concentrar la gendarmería de los alrededores. En tiempos más tranquilos, la vista de un monumento tan bello da qué pensar en los manoirs[15] de la comarca.

El doctor se las arregló de tal manera que, en menos de quince días, esta idea fue repetida veinte veces en presencia de la duquesa, que estaba encantada. Su fracaso con respecto a los castillos de las cercanías era una de las desgracias de su vida, y como el tedio en que languidecía antes de la enfermedad de Lamiel aumentaba las penas más o menos reales de su vida, cada vez que, yendo de paseo, tropezaban sus ojos con uno de aquellos castillos, lanzaba un ligero grito de profundo dolor. El doctor arrancó la confesión de la causa de este ligero grito diciendo que podía deberse a una horrible enfermedad del pecho. Adivinó el entusiasmo que el éxito de la torre había producido a madame de Miossens. La pasión que más trabajo le costaba combatir en la duquesa era la avaricia. Sansfin quiso darle un gran golpe y, calculándolo bien todo, exclamó un día en un tono de profunda convicción:


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