Lamiel

Lamiel

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Al lector le parecerá quizá ridícula esta pregunta en una muchacha de dieciséis años criada en medio de las groseras bromas de las veladas de pueblo, pero en primer lugar Lamiel no tenía amigas íntimas entre las chicuelas de su edad, y en segundo lugar se había encontrado muy rara vez en veladas de esta clase. Las muchachas de su edad la llamaban la sabia y procuraban hacerle jugarretas. Resultaba que la choza de madame Hautemare era el centro de la sociedad del pueblo; en ella se reunían todas las devotas, las cuales llevaban a sus hijas con ellas lo más a menudo que podían. Madame Hautemare estaba muy orgullosa de ser el centro de una sociedad, y, esperando que llegaran las jóvenes del pueblo, exigía que Lamiel no saliera. El cura Du Saillard se mostró encantado con la ocasión de pasar la velada decentemente. Estos curas de pueblo se permiten extrañas libertades: Du Saillard llegó hasta a recomendar en el púlpito las veladas de la mujer del mayordomo. Todo esto ocurría antes de que Lamiel fuera llamada al castillo; cuando, con el pretexto de la salud, el doctor Sansfin la hizo volver a la choza de los Hautemare, tenía ya muchas más ideas, y en esta época la conversación de las viejas devotas malévolas no dejaba de ser peligrosa para una niña de su edad, pues, ocupadas en hablar mal de las mujeres guapas del pueblo, contaban, a veces de una manera muy clara y minuciosa, sus pecados y el diverso grado de estos pecados. Las devotas discutían entre ellas lo que había que creer de los pecados de las muchachas, y se producían a menudo discusiones de una gran inconveniencia, pero la profunda ignorancia de Lamiel lo reparaba todo; sus pensamientos estaban completamente embargados por problemas de un orden mucho más importante; se sentía completamente incapaz de aquella hipocresía constante sin la cual, según el doctor, era imposible triunfar en nada; encontraba aburridísimos los menesteres de un matrimonio pobre, tales como se los veía practicar a su tía Hautemare; sentía una extremada repugnancia a casarse con un buen aldeano de Carville; el objeto de todos sus deseos era ir a Ruan cuando se viera privada de la protección de la duquesa, y allí ganarse la vida llevando las cuentas en una tienda. No tenía ninguna disposición para el amor; lo que le gustaba por encima de todo era una conversación interesante. Una historia de guerra en la que los héroes desafiaban grandes peligros y realizaban cosas difíciles le hacía soñar durante tres días, y en cambio prestaba una atención muy pasajera a un cuento de amor. Una cosa que, para ella, quitaba prestigio al amor era ver a las mujeres más tontas del pueblo entregarse a él a porfía. Cuando la duquesa le hizo leer las hipócritas novelas de madame de Genlis, no le hablaron al corazón; le parecían ridículas y tontas las cosas de buen gusto por las que madame de Miossens le hacía interrumpir la lectura, Lamiel sólo estaba atenta a los obstáculos que los héroes encontraban en sus amores. Si se iban a soñar con los encantos de sus bellas entre los bosques iluminados por el pálido rayo de la luna, Lamiel pensaba en el peligro que corrían de ser sorprendidos por bandidos armados de puñales, cuyas proezas leía ella diariamente en La Quotidienne. Y aun, a decir verdad, la preocupaba menos el peligro que lo desagradable del momento de la sorpresa, cuando dos hombres mal vestidos y groseros aparecían de pronto detrás de una haya y se arrojaban sobre el héroe.


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