Lamiel
Lamiel «La verdad es que estas grandes damas tienen una gran superioridad sobre nosotros. Claro que yo no tengo miedo de atravesar la calle principal y la plaza de Carville, donde encontraré a todos los jóvenes de la localidad gritando: ¡Viva Napoleón!, o: ¡Viva la República! Si se empeñan en romper el coche de la señora, yo le daré el brazo y saldremos del pueblo muy orgullosas. Seguramente Yvon, y Mateo, los dos primeros compañeros, me obedecerán en todo, e Yvon es fuerte como un Hércules; de modo que no tengo miedo, pero estoy seria y atenta, y mira la duquesa, que encuentra tiempo para decirnos cosas encantadoras y que nos hacen reír».
La duquesa se comportó con una calma admirable. Entregó a madame Anselme y a Saint-Jean mil francos que tenía en escudos, con el encargo de repartirlos entre todos los criados. Exigió que nadie la siguiera, repitió varias veces, y con afectación, que estaría de vuelta a los dos días. Habían enganchado los caballos al landeau soberbiamente blasonado, y la duquesa tuvo la valentía de esperar a que los engancharan al coupé, que, como no tenía blasones, podía pasar más inadvertido para el populacho. Por fin, las dos damas subieron en el coche sin más compañía que la de Hautemare el cual, agotado por el esfuerzo que había hecho para mantenerse enfadado durante una hora por miedo a la escena que le esperaba en casa si volvía sin la sobrina, lloraba de debilidad, y no sabía ya lo que decía: