Lamiel

Lamiel

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Al subir al coche, la duquesa tuvo tiempo de decir a Lamiel:

—No digamos nada de nuestros proyectos a este hombre; quizá está fanatizado por los jacobinos.

Cuando estuvieron a quinientos pasos del castillo, Lamiel rompió el silencio:

—Pero, señora, todo está muy tranquilo —dijo.

En seguida llegaron a la gran calle del pueblo; el farol del Ayuntamiento ardía tranquilamente, y el único ruido que oyeron aquellas damas fue el ronquido de un hombre que dormía en su cuarto, en el primer piso, a ocho pies del nivel de la calle. Madame de Miossens lanzó una carcajada y se arrojó en brazos de Lamiel, que lloraba de ternura y de emoción. Durante unos minutos, madame de Miossens se entregó toda a su alegría. Hautemare miraba con pasmo la escena. «Hay que alejar las sospechas de este hombre», se dijo la duquesa.

—Bueno, querido Hautemare, ¿está contento de la sangre fría con que he vuelto a su sobrina a casa de su querida tía? Tiene las llaves de la torre; vaya a abrirme el cuarto del segundo piso y encienda fuego; voy a volver a acostarme, y si monsieur Hautemare nos los permite —dijo con un tono de ironía que el maestro de escuela no notó—, desearía, para no tener miedo a los fantasmas, que Lamiel se acostara cerca de mí en la camita de hierro.


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