Lamiel
Lamiel Al día siguiente llovió, lo cual desesperó a Fedor; pasó el tiempo pensando en Lamiel; no podía ir a recorrer los caminos con alguna esperanza de encontrarla. Tomó un coche y pasó dos veces por la puerta de los Hautemare. El segundo día esperó la hora del paseo con toda la impaciencia de un enamorado, y en realidad, este amor, creado por Duval, le había librado ya de una parte de su aburrimiento, Duval le había indicado cinco o seis maneras de abordar a la muchacha. Fedor las olvidó todas al divisarla a media legua del lugar en que la encontrara la primera vez. Se lanzó al galope, dejó el caballo cuando estuvo a cien pasos de ella, y la abordó todo trémulo y tan emocionado que le dijo lo que pensaba.
—Señorita, anteayer me despidió y me dejó desesperado. ¿Qué hay que hacer para que no me despida ahora?
—No volver a hablarme como a una doncella de la señora duquesa; casi lo he sido, pero ya no lo soy.
—Ha sido lectora, pero nunca doncella, y mi madre la tenía como a una amiga, señorita. Yo quisiera también ser su amigo, pero con una condición: hará usted el papel de duquesa. Será verdaderamente mi dueña en toda la extensión de la palabra.