Lamiel

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A Lamiel le gustó este comienzo; la timidez del duquesito satisfacía a su orgullo, pero esta sensación tenía el inconveniente de llevar en sí una aleación demasiado considerable de desprecio.

—Adiós, señor mío —le dijo al cabo de un cuarto de hora—. Mañana no quiero verle —y como el duque vacilara en retirarse, añadió, en tono imperioso—: Si no se retira inmediatamente, no le veré en ocho días.

El duque huyó con gran satisfacción de Lamiel; había oído hablar mil veces en el castillo del respeto con que todo el mundo trataba al hijo único, heredero de tan gran nombre, y le resultó divertido representar el papel contrario.

El trato continuó, pero en este tono, Lamiel era dueña no solamente absoluta, sino caprichosa. Sin embargo, a los quince días menudeó las citas, porque comenzaba a aburrirse por las tardes cuando no tenía un buen mozo a quien humillar. El duquesito estaba loco de amor. Lamiel se pasaba la vida inventando tormentos.

—Póngase mañana de negro para venir a verme.

—Obedeceré —dijo Fedor—; pero ¿por qué ése atuendo tan triste?

—Acaba de morir un primo mío. Era quesero.


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