Lamiel

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Le hizo gracia el efecto que este detalle producía en el guapo mozo. «Si alguna vez llega a saberse esto —pensaba el duque, al volver tristemente al castillo—, me matará el ridículo».

Pidió a su madre permiso para volverse a París. Probablemente no hubiera tenido valor para quedarse allí, pero no le dejaron ir, «En fin —se decía al día siguiente dirigiéndose al lugar de la cita, que era una cabaña de un bosque vecino—; en fin, para que nieguen todavía los progresos del jacobinismo: ¡heme aquí de luto por un quesero!».

Lamiel, al verle verdaderamente de luto, le dijo:

—Béseme.

El pobre muchacho lloró de alegría. Pero Lamiel no experimentó otra satisfacción que la de mandar. Le permitió besarla porque aquel día su tía acababa de echarle una reprimenda mayor aún que de costumbre sobre sus frecuentes citas con el duquesito, que eran la comidilla del pueblo, por más que Lamiel cambiaba cada día de lugar de cita. Desde bacía tres días la entretenía muchísimo que Fedor le contara los menores detalles de su vida en París; por eso no escuchó la voz de la prudencia, que le ordenaba despedirle con una palabra en cuanto le viera.


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