Lamiel
Lamiel Sabían que su sobrina hablaba con Fedor. Su sobrina se iría a vivir con Fedor… A pesar de esta idea, que en seguida fue seguridad, el buen Hautemare, recurriendo a las frases más patéticas, le pidió su palabra de que no saldría al día siguiente después de comer. Lamiel no supo cómo negársela, y su religión era el honor; una vez dada su palabra, no podía faltar a ella. La ausencia de Lamiel en todos los lugares habituales de cita sumió al duque en la desesperación. Después de una noche de incertidumbre, había sacrificado su dueño a su dueña. Lo esencial para el duque era que Duval no adivinara su destronamiento; en consecuencia, le hizo mil carantoñas y le encargó de darle cuenta de la vida que llevaba el vizconde D…, su íntimo amigo; pues el duque se dignó confiar a Duval que se trataba de obtener para él la mano de mademoiselle Ballard, hija de un rico comerciante en cueros, y que el vizconde, según le informaba la carta de un amigo común, intentaba al parecer la misma cosa.
Durante toda esta semana parecían caer sobre Normandía las cataratas del cielo; llovió a torrentes durante tres días y el aburrimiento de este mal tiempo, que no transcurría sin un acompañamiento de reprimendas en casa de los Hautemare, acabó con la poca compasión por la futura soledad de los dos viejos que abrigaba el poco sensible corazón de nuestra heroína.