Lamiel
Lamiel El cuarto día llovía aún, pero un poco menos, y Lamiel, calzando unos grandes zuecos, con un gorro de algodón en la cabeza y cubierta con un trozo cuadrado de hule que tenía un agujero en el centro para meter la cabeza, se fue a la cabaña de los abarqueros, que estaba en mitad del bosque. Al cabo de un hora, vio llegar al duque, calado hasta los huesos; pero observó que no se había cuidado más que de su caballo y no de sí mismo. Este caballero acababa de recorrer tres o cuatro leguas muy deprisa por los alrededores de Carville.
—He recorrido todos nuestros antiguos lugares de cita —dijo el duque, que en aquel momento no parecía muy enamorado y apasionado—. Epervier no puede más. No tiene usted idea del barro de esta tierra.
—Sí que la tengo. Una campesina como yo conoce bien eso… Me gusta Epervier porque le pone en ridículo; en este momento, le quiere usted mil veces más que a la que llama pomposamente su dueña. A mí me da lo mismo, pero es ridículo para usted.
Era la pura verdad, Lamiel había estado en otro tiempo a punto de enamorarse del abate Clément. En cuanto al duque, le trataba por curiosidad y por instruirse.