Lamiel

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«¿Y esto es —pensaba— lo que la señora duquesa llama un hombre de la buena sociedad? Creo que, si hubiera que elegir, yo preferiría a ese imbécil de Juan Berville que me amaba por cinco francos. Vamos a ver qué cara pone éste a mis proposiciones. Ya no tiene a su Duval, que, con su habilidad y su desparpajo, ha reducido su pena a un sacrificio de dinero. ¿Qué hará este buen mozo? A lo mejor no hará nada; tendrá miedo y me cogerá en sus brazos como una escopeta de juguete. Vamos a ver».

—Querido Fedorito, el pobre Epervier (este caballo pura sangre que ha disputado un premio en las carreras de Chantilly, donde los campesinos tuvieron la habilidad de hacerle pagar dos luises por un pollo) está muy mojado, y no tiene manta; puede coger frío; le aconsejo que se quite el abrigo y se lo eche al caballo. En lugar de estarse ahí hablando conmigo, deberá pasear a Epervier por el bosque.

Fedor no podía contestar: tan inquieto estaba por su caballo; Lamiel tenía razón.

—No es esto sólo —continuó Lamiel—; le va a ocurrir algo peor: le va a caer encima la felicidad.

—¿Cómo? —exclamó Fedor todo confuso.

—Me voy a fugar con usted, e iremos a vivir juntos en la misma casa en Ruan. En la misma casa, ¿entiende?


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