Lamiel
Lamiel El duque se quedó inmóvil, petrificado de asombro. Lamiel sonrió divertida; luego, continuó:
—Como el amor a una campesina puede deshonrarle, he querido tener en mis manos ese supuesto amor, o, mejor dicho, quiero hacerle reconocer que no tiene un corazón lo bastante grande para sentir amor.
El duquesito estaba tan cómico, que Lamiel le dijo por segunda vez desde que se conocían:
—Béseme, pero con arrebato, y sin tirarme el gorro de algodón. (Ha de saberse que no hay nada más horrible y más ridículo que el gorro frigio de algodón que llevan las mujeres jóvenes de Caen y de Bayeux).
—Tiene razón —dijo riendo el duquesito.
Le quitó el gorro, le puso su gorra de caza y la besó con un entusiasmo que tuvo para Lamiel todo el encanto de lo imprevisto. El sarcasmo desapareció de sus hermosos ojos.
—Si fuera siempre así, le amaría. Si el trato que le propongo le conviene, se procurará un pasaporte para mí, pues tengo miedo a los gendarmes. (Este sentimiento es como innato en las regiones donde operaron los chouans en 1795). Cogerá dinero, pedirá permiso a la señora duquesa, alquilará un piso bien bonito en Ruan y viviremos juntos, puede que lo menos quince días, hasta que me aburra usted.
El joven duque estaba loco de alegría; quiso besarla de nuevo.