Lamiel

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—No —le dijo—, no me besará más que cuando yo se lo mande. Mis tíos me fastidian con sus sermones inacabables, y sí me entrego a usted, es por burlarme de ellos. No le amo; no tiene un aire franco y natural; parece que está siempre haciendo una comedia. ¿Conoce al abate Clément, ese pobre joven que no tiene más que una sotana negra y bien raída?

—¿Y qué me importa a mí ese pobre Clément? —repuso el duque sonriendo con desdén.

—Pues hace siempre el efecto de pensar lo que dice y en el momento en que lo dice. Si fuera rico y tuviera un Epervier, sería a él a quien me dirigiría.

—Pero me está haciendo una declaración de odio, y no de amor.

—¡Bueno, pues no vayamos a Ruan! No haga nada de lo que le mando. Yo no miento jamás, no exagero nunca.

—Mí amor es tan ardiente que acabará por calentar a esa estatua tan bella —le dijo Fedor sonriendo—. Lo difícil es el pasaporte… ¡Qué lástima no disponer de Duval!

—Precisamente he querido ver de qué es capaz sin Duval.

—Pero ¿es posible que sea tan maquiavélica?


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