Lamiel
Lamiel —Mi último pensamiento será para usted, hermosa Lamiel, usted habrá sido mi última dicha. Si hace ocho dÃas no hubiera sido tan cruel conmigo, yo no habrÃa ido a las carreras de Chantilly, donde he perdido cincuenta y siete mil francos; he pagado, como el honor lo exigÃa, he agotado todos mis recursos y no me queda ni un billete de mil. Pero el conde Nerwinde, el hijo de un héroe conocido por toda Francia, no debe exhibirse en una posición inferior. Verdad es que tengo una especie de hermana muy rica, que me lleva veinte años, pero es una mente angosta, poco digna de comprender una vida entregada al amor y al azar. Además, se ha casado con un Miossens, y yo no soy más que un De Aubigné-Nerwinde.
—¿Un Miossens, pariente del duque?
—TÃo abuelo suyo, pero ¿cómo conoce ese nombre?
Lamiel enrojeció.
—Monsieur de Tourte, mi pretendiente, hablaba constantemente de Miossens; el administrador de esta familia le proporcionaba cuatro votos.
Lamiel habÃa aprendido ya un poco a mentir, pero todavÃa insistÃa demasiado, no dejaba caer las mentiras como cosa sin importancia. Lo que la hacÃa mentir era una máxima que madame Le Grand le repetÃa a menudo desde que le hablaba con franqueza: «Sé rica si puedes, juiciosa si quieres; pero sé considerada, esto es indispensable».